En 1953, Crick e Watson recibieron el premio Nobel de medicina por haber descubierto que el cáncer se desarrolla por un mal funcionamiento del ADN. En los siguiente treinta años, se han descubierto unos cuarenta medicamentos de quimioterapia sobre la base del descubrimiento de estos mecanismos.
En 1983 se descubrió que a la base de este mal funcionamiento del ADN existen unos genes (oncógenos), que son los responsables del crecimiento continuo y anormal de las células tumorales. A su vez, la posibilidad de bloquear la producción de estos genes (los llamados factores de crecimiento) ha hecho que se desarrollen muchos medicamentos biológicos de diana terapéutica o molecular en los siguientes treinta años.
En 2016, se ha asistido a la tercera revolución en oncología: el descubrimiento de los mecanismos moleculares de la respuesta inmunitaria que llevó a Jim Allison a obtener el premio Nobel en 2018 por haber sido pionero de la inmunoterapia del cáncer, hoy muy utilizada con resultados impensables hace cinco años (LAS NUEVAS TERAPIAS BIOLÓGICAS).
Por tanto, de la historia resulta el principio general que un tratamiento nuevo puede descubrirse solo después de haber comprendido los mecanismos nuevos de formación y evolución de la enfermedad.
Actualmente, existen más de diez líneas de investigación sobre nuevos medicamentos en relación con otros tantos mecanismos anormales de funcionamiento de las células cancerígenas.
Es cierto, pues, que las cosas mejorarán sustancialmente, también en un futuro próximo. Esto puede sostenerse con optimismo sobre la base de la velocidad de los progresos que siguen acelerando.
Hasta la tercera y la última revolución, los progresos se producían de hecho muy lentamente: se necesitaban diez años para ganar 2-4 % de curaciones más gracias a los tratamientos adyuvantes o 3-4 meses de vida más en los pacientes con enfermedades en estado avanzado. Ahora, en los últimos cinco años, el ritmo de progresos ha aumentado mucho. De tal manera que cada vez es más lógico empeñarse al máximo con todos los tratamientos a disposición hoy para ganar tiempo, con la esperanza, ya no remota como hace pocos años, de que en uno o dos años la investigación produzca medicamentos nuevos mucho más eficaces, con resultados mucho más sustanciales que antaño.
Una característica de la investigación actual sobre el cáncer, estrictamente vinculada con el desarrollo de terapias nuevas, es la personalización del tratamiento. Esta depende de las pruebas moleculares en muestras de biopsias para identificar el gen o grupos de genes responsables de la enfermedad. Muchas veces permanecen estas determinaciones sin una utilidad práctica porque no se han descubierto aún medicamentos específicos para esa condición. Pero cuando lo estén, la clasificación de los tumores pasará de la que se usa desde hace dos siglos basada en el órgano de origen y el aspecto a microscopio a la basada en las pruebas moleculares y la elección de los medicamentos se realizará sobre base individual. Nos encontramos, ya desde hace tiempo, en esta fase de transición. El optimismo lleva a pensar que podremos arrinconar la quimioterapia clásica en un futuro no demasiado lejano (5-10 años), pero por el momento no puede evitarse en la mayoría de los casos.